—No me quedaré bajo el techo de un Meléndez —reprochó de nuevo Gael, su voz cargada de un veneno que parecía indestructible a pesar de su fragilidad física.
Daniel no perdió el tiempo intentando convencerlo. Su paciencia, siempre limitada, se había agotado en cuanto Gael se mostró más interesado en sus prejuicios que en su propia supervivencia.
—Entonces haga lo que quiera —respondió Daniel, girando la mirada hacia la ventana como si la conversación ya no tuviera importancia alguna, invalid