El médico terminó cediéndole el lugar a Victoria bajo la mirada claramente divertida de Daniel, quien parecía encontrar en el nerviosismo de ella el único distractor para su propio dolor.
—Solo cierre aquí —explicó el doctor con paciencia, señalando el punto exacto de la sutura—. Con cuidado.
Victoria tomó aire, tratando de estabilizar el pulso antes de acercarse más a él. El olor metálico de la sangre seguía impregnando la habitación, volviéndose casi asfixiante a esa distancia. De cerca,