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Gael habló con una voz rasposa, cargada de una amargura que los meses de encierro no habían logrado mitigar. El arma en su mano seguía siendo un juez implacable apuntando al pecho de Daniel.

—No quiero tu ayuda, Meléndez —sentenció, sus nudillos blancos por la presión sobre el gatillo.

Daniel sostuvo su mirada unos segundos, ignorando el rastro de sangre que seguía deslizándose lentamente por su hombro y empapando su camisa. Con una frialdad que bordeaba la insolencia, respondió:

—Quédate
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