Las puertas del ascensor privado del Club Élysée se cerraron lentamente detrás de ellos, aislando el zumbido de la música y los murmullos del salón inferior.
Y el silencio cayó de inmediato. Un silencio denso, pesado, que se instaló en el cubículo metálico como una tercera presencia. Daniel permanecía de pie junto a ella, con la mano firme y posesiva aún anclada en su cintura mientras el ascensor comenzaba a subir con un movimiento imperceptible. Ninguno de los dos hablaba. Sin embargo, el ai