El auto se estacionó frente a la mansión, una estructura que no parecía una vivienda, sino un monumento al exceso. La fachada era demasiado grande, demasiado blanca, demasiado impecable, como si el polvo no se atreviera a posarse sobre los dominios de los Meléndez.
Victoria bajó del vehículo y dio apenas unos pasos antes de que el impulso se agotara. Se detuvo en seco en medio del camino de piedra. El aire de la zona alta de la ciudad, usualmente ligero, aquí le pesaba en los pulmones como si