Victoria sostuvo la mirada de Mateo, sintiendo cómo el aire a su alrededor se volvía cada vez más escaso. La pregunta salió de sus labios como un desafío, pero también como una grieta:
—¿De qué hablas?
Mateo inclinó apenas la cabeza, con una sonrisa que no era de triunfo, sino de una complicidad amarga.
—De que no soy el único que sabe perderte —sentenció, dejando que el veneno de sus palabras calara hondo.
Entonces, extendió la mano. Un gesto que en otro tiempo habría sido natural y qu