Victoria, frente a la boca del arma de Arturo, no eligió la súplica. Eligió la verdad que el patriarca más temía.
—El problema no soy yo… —dijo ella, con una calma que le quemaba las entrañas—. Es que tal vez Daniel ya no piensa como usted.
La frase fue el detonante. La máscara de Arturo se quebró, revelando una furia ancestral. Levantó el arma con un movimiento seco, despojado de toda la elegancia que lo caracterizaba.
—No tienes idea de lo que dices —sentenció él.
Victoria cerró los ojos.