La tarde en la zona residencial, usualmente sumida en un silencio aristocrático, se quebró con la precisión de una emboscada militar. Victoria caminaba manteniendo esa postura rígida que se había vuelto su nueva piel. A lo lejos, la figura de Gael Rivera se recortaba contra el horizonte, de pie junto a su vehículo, gesticulando mientras terminaba una llamada.
Faltaban apenas cincuenta metros. Un espacio que, en un parpadeo, se convirtió en un abismo.
Dos sedanes negros, con los cristales ta