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La camioneta cruzó los pesados portones de la mansión Rivera, dejando atrás el olor a humo para ser recibida por el aroma a gardenias y el silencio asfixiante del privilegio. Al bajar, Victoria sintió que el mármol del recibidor era más frío que el pavimento de la calle.

Gael ya estaba allí. No vestía su habitual traje de negocios, sino una bata de seda que le daba un aire de patriarca en guardia. Al verla entrar, con la ropa manchada de hollín y el rostro pálido, se acercó con una rapidez qu
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