ISABELLA RODRÍGUEZ
Antes de que pudiera exclamar todas las maldiciones que venían a mi mente, Sebastián me arrastró fuera de la habitación, dejando a Romina con la boca abierta y tan confundida como yo.
—¡¿Soy la hermana de Celeste?! —grité, pero de inmediato me cubrió la boca y me obligó a sentarme en uno de los costosos sillones de la estancia.
—Es tu hermana mayor… —contestó entre dientes, no parecía que ella fuera de su agrado.
—Creo que hay muchas inconsistencias… En primera, ella se ape