Italia.-
Alexander.-
El sol de la costa italiana era demasiado brillante para alguien que acababa de salir de la oscuridad de un coma.
Mientras caminaba por los jardines de la Villa que según eran un obsequio de mi “suegro” el aire salino me picaba en la piel, pero no tanto como la sensación de que cada palabra que salía de la boca de Don Enzo, era una red que se cerraba a mí alrededor.
Antonella caminaba unos pasos por delante luciendo un vestido de seda que ondeaba con la brisa. Se suponía