Cuando Jenna salió del hospital, se dirigió a la mansión, tan rápido como le fue posible. El aire fresco y el sol del mediodía, no lograron disipar la preocupación que se había instalado en su pecho. Los últimos días habían sido una completa locura; una montaña rusa de emociones que la tenían al borde.
Al llegar a la villa, Jenna se encontró con un hombre sumamente alto, de cabello oscuro como la noche y de ojos grises y penetrantes, que aguardaba en la entrada.
—Buenos días —saludó el hombre,