Los días siguientes transcurrieron como si compartieran un secreto que sólo ellos sabían. Sonrisas que se cruzaban a la hora del almuerzo, roces sutiles al pasarle un vaso o recoger un plato, miradas prolongadas cuando creían que nadie los veía. Las noches eran aún más peligrosas. Cuando la casa dormía, se encontraban en el cuarto del pequeño Oliver, aprovechando esos instantes donde podían estar juntos sin interrupciones, ni testigos que pudieran delatarlos.
Esa noche, como tantas otras, Jaz