Al llegar a casa, William les pidió a los miembros de seguridad que no la perdieran de vista y les dio la orden de que no la dejaran salir de la casa.
Kathleen no podía creerlo, estaba tan furiosa que el miedo inicial había quedado relegado.
En cuanto entró, lanzó su bolso al sofá y se dio la vuelta para enfrentarlo. Él tuvo el descaro de ofrecerle una sonrisa, pero no una de las que tanto le gustaban, era cínica y llena de prepotencia.
—¡¿Cómo te atreves a encerrarme?! ¡No eres mi dueño!
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