La conciencia de Ava fluyó y fluyó como la marea, pero cuando salió a la superficie una vez más, una sinfonía de voces silenciosas la envolvió en calidez. Sus párpados se agitaron, sin revelar ninguna luz, ninguna forma, solo el velo oscuro que había caído sobre su mundo.
—¿Mamá? —La voz de Ava era un mero susurro, quebradiza como las hojas de otoño.
—Shh, cariño, ya estamos aquí. —fue la tranquilizadora respuesta. Ava sintió el suave apretón de una mano, familiar y tierna—. Estoy aquí.
Nancy