El aullido de las sirenas y el rítmico ruido de las ruedas sobre el linóleo anunciaron la llegada de una emergencia cuando las puertas del hospital se abrieron de golpe.
Los paramédicos condujeron una camilla por el bullicioso pasillo, con sus rostros en líneas de urgente concentración. En la camilla yacía Ava Montenegro, su forma inconsciente, inmóvil como la muerte misma.
—Tenemos una mujer no identificada, de unos veinti y tantos años. —gritó un paramédico a los médicos que lo recibían. —Pa