Ava Montenegro enhebró una delicada aguja con experta facilidad, mientras sus ojos exploraban la vibrante tela bajo sus dedos. El zumbido de su máquina de coser era una sinfonía familiar en su espacioso taller, el corazón de su imperio de la moda, Zoe Thompson. La luz del sol entraba por los grandes ventanales, arrojando un cálido resplandor sobre los bocetos que empapelaban las paredes.
—¡Mami, mira! —Bastian, su hijo de dos años, levantó un garabato con crayones y su rostro se iluminó con la