Los párpados de Sara se abrieron y vieron la blancura estéril de un techo desconocido. Le palpitaba la cabeza, un sordo recordatorio de los acontecimientos que la habían llevado hasta allí: los ojos fríos de Cleo, el brillo del cañón de una pistola y el agarre implacable de su brazo mientras la empujaban hacia el interior del coche.
—Uf. —gimió, intentando sentarse, pero sentía como si sus extremidades estuvieran llenas de plomo.
Entonces, atravesando la niebla de la confusión, un grito rompió