Las lágrimas de Ava desdibujaron el mundo fuera de la ventana en una acuarela de dolor. El cielo, de un color gris amoratado, parecía presionarla con el peso de las horas que pasaban: doce, ya, desde que Cleo se había largado con Sara y el pequeño Bastián a cuestas. Le temblaban las manos mientras se aferraba al alféizar de la ventana, la madera firme bajo sus dedos, un ancla en la tormenta de sus emociones.
—Ava. —la voz de Sebastián rompió su estupor. Estaba de pie en la puerta, empapado por