la puerta, la encontró en el elegante salón, donde los muebles antiguos y las cortinas pesadas le daban un aire de solemnidad y rigidez. Marie estaba sentada en su sillón favorito, con un libro en las manos y una copa de vino en la mesa a su lado.
Al verlo entrar de esa manera, con el ceño fruncido y los puños apretados, levantó la vista y esbozó una sonrisa fría.
—¿Qué te trae por aquí, Alexandre? —preguntó, dejando el libro a un lado.
Alexandre cerró la puerta con un golpe seco y se acercó, s