Capítulo 39. Alma rota.
Gabriel Uzcátegui.
Era extraño cómo algo tan simple como un pedazo de papel podía pesar tanto. Mis dedos lo sostenían con fuerza, aunque no hubiera viento que pudiera arrebatármelo. La caligrafía de Emma me resultaba inconfundible: esa inclinación ligera hacia la derecha, las letras que parecían fluir con la misma suavidad con la que solía hablar. Pero esas palabras… esas palabras no eran suaves. Eran definitivas.
“Gabriel, anoche fue hermosa, pero también fue un adiós. Necesito este divorcio,