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La soltó y ella volvió a sentarse en la cama, observándolo con disimulo. Se había quedado ya sin lágrimas, pero no le hubiera servido de mucho, no parecía un hombre que se compadeciera de una mujer llorosa. Quizá pasaron sólo unos segundos, a Débora se le antojaron los más largos de su vida, mientras veía a ese desconocido mesarse los cabellos morenos desesperadamente para seguidamente masajearse con fuerza la sien, una y otra vez, al tiempo que movía la cabeza y repetía una y otra vez la palab
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