Jordano Mackenzie
Ariadna, tímida como siempre, levanta la cabeza de vez en cuando mientras come, lanzándome miradas furtivas. Una pequeña sonrisa juega en sus labios y, inevitablemente, eso también me hace sonreír. Quizá parezca un idiota por seguir su locura, pero hay cierta satisfacción en haberme enfrentado a ese imbécil.
¿Cómo pudo una mujer como Ariadna haberse enamorado de alguien tan por debajo de ella? No me considero el hombre más guapo del mundo, pero sé con certeza que soy mucho mejor que él. Además, no tengo duda de que podría tratarla mejor que a cualquier otro hombre en este mundo.
—¿Qué? ¿Por qué me miras tanto?— reprende Ariadna, rompiendo el silencio entre nosotros.
Sonrío con suficiencia y me limpio la boca.
—¿No puedo mirarte? Si es así, quizá deberías ponerte una bolsa en la cabeza. Esa sería la única forma de evitar que la gente te admire—, bromeo, observando cómo mastica despacio, en silencio un momento.
—Admirar es una palabra fuerte, Jordano. ¿Me admiras?— pr