Jordano. Mackenzie
Llegamos a GOLD, donde el placer y la lujuria desbordaban en cada rincón. El aire, denso de deseo, me golpeó en cuanto entré, reavivando algo primitivo en mi interior. Respiré hondo, como si llenara mis pulmones con esa atmósfera embriagadora, y le di a Erick una palmada firme en la espalda.
—Aquí estamos, hermano. Un paraíso para dos hombres hambrientos—, soltó Erick con una sonrisa torcida, justo cuando una camarera—vestida solo con bragas y delantal—nos saludaba. Sus gener