—¿Qué? —Su expresión de sorpresa es tan genuina que, por un momento, parece que podría desmayarse.
—Es broma, mi amor, solo es broma. —Le guiño un ojo, relajando la tensión—. No me casé con esa mujer loca. Nunca lo iba a hacer.
De repente, mi tono cambia. Me pongo serio porque sé que es hora de decirle lo que he estado guardando en mi alma.
—Ariadna, necesito decirte algo.
Ella frunce el ceño, mirándome con anticipación y un rastro de miedo.
—¿Y ahora qué? —pregunta, casi resignada.
—Tengo que