Ariadna Thompson
Me levanto de un salto. ¿Qué? ¿Qué hace aquí?
El corazón me late con fuerza en el pecho. ¿Cómo es esto posible? No hay manera de que sepa dónde vivo. Debe de estar en casa de mi padre—sí, es el único lugar donde podría estar. Nadie le habría dado mi dirección. No tiene sentido.
Respiro hondo, dejo el móvil sobre la mesa y me dirijo al baño a echarme agua fría en la cara. Justo cuando empiezo a calmarme, suena el timbre.
¡No!
Salí corriendo de mi habitación justo cuando Evangeline salía de la suya.
—Ariadna, es tarde. ¿Esperas a alguien?— pregunta, medio dormida.
—Vuelve a la cama. Quizá sea solo una forma de hablar—, respondo, intentando sonar indiferente.
Sus ojos se abren de par en par de emoción.
—¡Perfecto! ¡Víveres! Me muero de hambre.—
Trago saliva con dificultad. Estoy mintiendo.
El timbre vuelve a sonar y, antes de que pueda reaccionar, Evangeline corre hacia la puerta y la abre de golpe sin pensarlo dos veces.
—¿Christian?!— exclama, radiante. —¡Adelante!—
M