Renata dejó escapar un suspiro tembloroso.
—Qué tonta fui… —susurró.
Pero esta vez, no había lágrimas. Solo una especie de vacío más tranquilo. Más consciente. Más frío. Sus ojos se posaron nuevamente en el desayuno frente a ella.
No.
Esta vez era diferente. Muy diferente.
Porque esta vez no lo hacía por amor.
No lo hacía por ilusión. No lo hacía esperando algo a cambio. Lo hacía… porque era su papel. Porque había aceptado ese matrimonio. Porque había decidido no quebrarse. Porque, aunque