La oficina de Sebastian Vegetti permanecía en absoluto silencio.
Elegante.
Oscura.
Imponente.
La lluvia había cesado hacía varios minutos, pero el cielo gris todavía cubría la ciudad como una amenaza silenciosa.
Sebastian estaba sentado detrás de su enorme escritorio.
Una de sus manos sostenía una copa de whisky apenas servida.
La otra descansaba sobre algunos documentos abiertos.
Sus ojos verdes recorrían lentamente cada hoja.
Fríos.
Analíticos.
Peligrosos.
Hasta que la puerta se abrió.
—Señor