El hospital estaba envuelto en ese olor limpio y penetrante que siempre lograba calmar y, al mismo tiempo, inquietar, y Renata avanzaba por el pasillo con pasos más lentos de lo que había imaginado cuando salió de la mansión, como si cada metro recorrido hiciera más real todo lo que estaba viviendo, sus dedos se entrelazaban con suavidad frente a su cuerpo mientras sus ojos recorrían las puertas, reconociendo el camino que ya se había vuelto demasiado familiar.
Al girar en el último corredor,