La noche caía con una calma distinta.
Lejos de la tensión de la mansión, lejos de las miradas cargadas y los silencios incómodos, el hotel se convertía en un pequeño refugio.
Uno que no pertenecía a nadie más.
Solo a ellos.
La luz tenue de la habitación envolvía cada rincón con un tono cálido, casi íntimo, mientras la ciudad brillaba a lo lejos a través de los ventanales.
Renata estaba recostada en el sofá, envuelta en una bata suave que apenas lograba contener el calor que aún parecía latente