Una vez que descendimos, James arrastró la lancha hacia la arena y después tomó mi mano para guiarme.
—¿A dónde me llevas? —pregunté cuándo nos adentramos en la isla.
—¿Tienes miedo de que torture tu precioso cuerpo y lo entierre por aquí.
—Al menos moriré en la hermosa isla Mnemba —sonrió.
Caminamos unos cuantos minutos más hasta que nos detuvimos, desde el punto en el que estábamos, se podía observar el yate a distancia.
Mi ceño se volvió a fruncir cuando miré a James, hincarse y comenzar a c