Ya pasaban de las diez de la noche cuando regresé a mi hogar, durante el camino, le comenté a Fabricio todas las estupideces que me había dicho Stefan, y como era de esperarse, soltó cientos de insultos al primo de su novio, alegando aún, que se había quedado con ganas de envenenarlo con su blanqueador de ropa, pero que le daba más tranquilidad saber que había vomitado su calzado, a lo que en ese momento, nos tenía en una pequeña discusión.
—No entiendo lo que me dices, Fabricio —fruncí el ceño