Llegaron a una casa de paredes blancas y jardines impecables, el hogar de Leonela, un reflejo de su éxito y su soledad.
—Bueno —dijo ella, bajando del auto y girándose hacia Enrique—. ¿Necesitas que vayamos a buscar tus cosas o algo?
Enrique, mirando la casa con una expresión que mezclaba admiración y cálculo, negó con la cabeza.
—No, yo… pediré que me las traigan después —dijo, evasivo—. Wow, qué bella casa —añadió, con una sonrisa que desviaba la conversación.
No puedo arriesgarme a que vea mi