En el coche, Marina mantiene la cabeza baja, mientras sus pensamientos giran como una tormenta dentro de su mente. Sus manos descansan sobre el regazo, pero los dedos inquietos revelan el nerviosismo que late en su pecho. Su rostro está enrojecido de vergüenza y siente el calor subir por el cuello hasta las mejillas, en una mezcla de humillación y confusión. No consigue olvidar las palabras de Sávio, cada una como un golpe afilado que resuena dentro de ella, dejando cicatrices invisibles.
«¿Ent