Einar camina de un lado a otro en su despacho, sus manos cerradas en puños mientras su mente lo atormenta con pensamientos contradictorios. Cada vez que cierra los ojos, la imagen de Lía y su hijo lo invade, llenándolo de una mezcla de nostalgia, rabia y algo que se parece demasiado al arrepentimiento.
—Esto es ridículo —gruñe para sí mismo, golpeando la mesa con el puño.
La puerta se abre de golpe, y su beta, Marcus, entra con cautela.
—Einar, los miembros de la manada están preocupados. Lleva