El cielo seguía iluminado por los restos de los fuegos artificiales cuando Alexandro envolvió a Vanessa en sus brazos, sosteniéndola con firmeza, como si temiera que se desvaneciera entre sus manos. Ella reía, aún con el corazón acelerado y las mejillas ardiendo por la emoción.
—No puedo creer que realmente hiciste esto —susurró, apoyando la frente contra la de él.
—Créelo, nena. Y acostúmbrate, porque pasarás el resto de tu vida lidiando con mis locuras.
Vanessa suspiró con una sonrisa, sintie