—Buenos días, cariño. Me estaba preguntando qué le habría pasado a mi bata —murmuró, mientras ella daba tal salto que se le cayeron todos los cubitos de hielo al suelo.
—¡Por amor de Dios! —exclamó ella, apresurándose a limpiar todo lo que había caído al suelo.
—Vaya, eso es lo que a mí me gusta ver. Una mujer que sabe dónde tiene que estar, que, en este caso, es la cocina y de rodillas, delante de su dueño y señor. ¡Sigue así, Sam!
—¡Y tú sigue soñando, su excelencia! —le espetó ella riéndose,