Damian entró tras ella al dormitorio de la suite, cerró la puerta corrediza de vidrio con un movimiento seco que retumbó en las paredes y corrió las pesadas cortinas, sumergiendo la habitación en una intimidad forzada y asfixiante. Adeline no se dignó a dirigirle la mirada ni un segundo; tomó una muda de ropa limpia y se encaminó directamente al baño.
—¿Así que ya no tienes mareos milagrosos? —soltó Damian con una calma que escondía un veneno sutil—. Ten cuidado al entrar ahí, no quiero que te