15. Nudos
La habitación, ordenada y limpia, olía a la frescura de la mañana. Caminó hacia la puerta y se quedó en silencio, escuchando, esperando. El ruido había cesado y eso era suficiente para confirmar que Auritz se había ido.
Salió y un silencio sepulcral la recibió. Se dirigió a la cocina para encontrar sobre la barra un desayuno humeante que esperaba por ella: café recién hecho, pan con aguacate y un plato de fruta fresca. Junto a todo, una nota manuscrita:
“Buenos días, Ana.
Espero que tengas un