Eduardo bajó sus dedos hasta mi cuello, y yo me quedé muda, ya no tenía nada que decir, las emociones tan contradictorias, me tenían absorta, no sabía si continuar con su juego a sabiendas de que un beso solo provocaría un dolor superior, o definitivamente continuar en esa riña que también me lastimaba.
Cerré los ojos al compás del susurro de su voz, que inconscientemente seguía repitiendo: calla, calla.
— Eduardo — musité con temor, no quería que se enfureciera, quería sentirlo así, cerca de