Me quedé completamente inmóvil, con la espalda pegada a la pared fría del baño y las manos apoyadas en el lavamanos, como si necesitara sostenerme de algo real porque lo que estaba escuchando empezaba a sentirse todo menos eso. El sonido de sus voces llegaba claro, demasiado claro, atravesando la puerta como si no hubiera nada que lo filtrara, como si el mundo hubiera decidido que yo tenía que oír cada palabra.
—No me gusta —dijo Valeria, y su tono no era el de la jefa exigente que conocía, sin