La tensión duró exactamente lo que tardó en aparecer.
Un hombre entró al restaurante con una energía completamente fuera de lugar para la escena dramática que yo tenía montada en mi cabeza, como si no hubiera espionaje, ni sospechas, ni dignidad en peligro. Tenía el cabello café ligeramente despeinado, ojos marrones cálidos y una sonrisa enorme, de esas que llegan antes que cualquier explicación y hacen que todo parezca menos serio de lo que debería.
—¡Adrián!
Fue directo hacia él y lo