No había dormido casi nada, tal vez una hora, tal vez incluso menos.
Cuando el despertador sonó, sentí como si mi cabeza pesara el doble y mis ojos estuvieran llenos de arena. Me miré en el espejo del baño y confirmé lo que ya sospechaba: ojeras oscuras, rostro pálido y una expresión que claramente decía crisis existencial.
Perfecto para ir a trabajar.
Cuando llegué a la oficina, dos compañeros de contabilidad estaban junto a la cafetera.
Uno de ellos me miró y soltó una pequeña risa.
—Clara, ¿