Luego de que la chicas se tuvieran que ir a casa
—¡Clara!
La voz de mi padre resonó desde el pasillo.
Cerré los ojos.
Había estado sentada en mi antigua cama durante casi una hora mirando el techo, intentando no pensar en las diez pruebas de embarazo que seguían escondidas en una bolsa dentro del armario.
—¡Clara! —repitió.
—Sí, papá —respondí con voz débil.
—Ven a cenar.
—No tengo hambre.
Hubo un breve silencio en el pasillo y luego escuché pasos acercándose, cada vez más claros y firmes, hast