( Sandra)
Nunca había visto a Eduardo así y creo que eso fue lo que terminó de derrumbar todas las defensas que todavía intentaba mantener levantadas contra él.
Porque el hombre que tenía frente a mí ya no era el Eduardo arrogante que parecía entrar a cualquier habitación convencido de que el mundo entero debía abrirle paso, ni el que siempre tenía una respuesta inteligente preparada, una sonrisa peligrosa o esa seguridad insoportable que hacía parecer que absolutamente nada podía tocarlo