La escena en la sala seguía cargada cuando una nueva presencia cambió el ritmo del aire. La madrastra de Adrián apareció en el umbral, elegante y serena, y al ver mi rostro enrojecido no hizo preguntas; se acercó, tomó mi brazo con una suavidad firme y me llevó hacia la cocina sin pedir permiso a nadie.
Me sentó junto a la encimera, buscó hielo y lo envolvió en un paño antes de presionarlo con cuidado sobre mi mejilla. Sus movimientos eran precisos, casi maternales, pero su voz no lo fue tant