Juro que en este momento quería morir de la vergüenza. Como puedo, me bajo de la cintura de Lucas mientras observo a una Claudia bastante incómoda, pero con una sonrisita extraña.
—Clau, lo siento, yo… —¡Mierda! Estoy muy nerviosa.
—Señorita, disculpe, fue mi culpa —habla Lucas con una tranquilidad que contrasta con mi vergüenza—. Es mejor que me vaya.
—No se preocupen —dice Claudia, ahora sí, con una sonrisa plena—. Puedo irme si desean.
—¡NO! —grito—. El señor Mendoza ya se iba, ¿cierto?
—Sí,