La mansión Miller-Black, que antes vibraba con las carreras de Leo y sus rugidos de dinosaurio, se había convertido en un mausoleo. Había pasado una semana desde aquel fatídico día en la oficina, y el tiempo parecía haberse detenido en un invierno permanente.
Mia se había instalado definitivamente en la habitación de Leo. Dormían juntos, ella abrazándolo como si su cuerpo pudiera protegerlo de los fantasmas que ahora habitaban la casa. Liam, por su parte, deambulaba por los pasillos como una so