La penumbra del pasillo envolvía a Liam como una mortaja. Se había quedado apoyado contra la pared, justo al lado de la puerta entreabierta de la habitación de Leo. Cada palabra que salía del interior se clavaba en su pecho como un cristal roto.
—Mia, por favor... —la vocecita de Leo sonaba rasgada por el llanto—. Vámonos a la casa de antes. No quiero estar más aquí. No me gustan los robots, me dan miedo.
—Leo, mi amor, no podemos irnos todavía —respondió Mia, y Liam pudo notar el esfuerzo sobr