Capítulo 2.2

“EL INICIO DE UNA AMISTAD”.

MESES ANTES…

SHAWN PERKINS.

¿Cómo inició todo? Diré que estaba cansado de américa, cansado de que mi hermano Mile me viera como un niño. Diré que Londres no fue mi primera opción, pero al final había tomado el barco y viajado hasta acá. Al llegar fue un desastre, no conocía absolutamente a nadie, al menos mi hermano había alquilado una amplia residencia para que me hospedara, el problema era que no podía encontrarla.

Intenté detener una diligencia pero los muy malditos pasaban de mí, todos tenían caras serias y de no querer que los molestaran, me encontraba perdido, estaba a punto de darme por vencido y mandar todo a la m****a hasta que la vi.

— ¿Milord, se encuentra bien?—preguntó con cierto tono de preocupación, usaba gafas redondeadas, su cabello negro recogido en un alto moño, vestido color opaco pero eso no importo ya que sus ojos robaban toda la atención. 

—Estoy perdido en esta ciudad eso pasa señorita.

— ¿A dónde se dirige? —le mostré la dirección, ella tomó el papel entre sus finas y blancas manos y leyó con rapidez para luego sonreírme con calidez. 

—Está un poco lejos de su destino, no se preocupe lo ayudare —ella detuvo una diligencia por mí y le entrego la dirección al cochero. Yo estaba pasmado, a ella si le prestaban atención los cocheros. 

—Señorita aun no me ha dicho su nombre. Debo saber el nombre de la mujer que me rescató de estar perdido entre las calles de esta ciudad sombría. 

—Cornelia McDonall, señor…

—Shawn Perkins pero dígame Shawn, nunca me han gustado las formalidades entre amigos —subí a la diligencia y la mire una última vez. —Cuando la vuelva a ver se lo recompensaré señorita McDonall. 

—Yo no necesito ninguna recompensa señor Shawn, solo llegue con bien a su residencia. — dijo con una sonrisa que me pareció preciosa. 

De verdad que estaba feliz por haberla encontrado y se dignara ayudarme, al parecer el destino quiso volvernos a cruzar; unos días después logré ser invitado a una velada en casa de un acaudalado lord inglés y en esa velada volví a coincidir con la señorita Cornelia, quien también estaba en compañía de su familia. Lady Cornelia seguía usando sus gafas, el cabello recogido, pero su vestido era menos triste que el que usaba unos días antes, ella al verme se sorprendió y luego se me acercó. 

—El destino parece querer cruzarnos siempre señorita —le dije con una sonrisa. 

—Eso parece milord. Pensé que no volvería a verlo pero como dicen, en Londres nadie se esconde —ella me atraía, se mostraba como una joven intelectual y sagaz. 

La familia de Cokkie era singular, la señora McDonall mostraba una actitud afable y casi risueña. Mientras que su marido el lord Heronimo McDonall era más serio pero siempre sonreía cuando estaba cerca de su esposa. Me presenté ante ellos, la condesa me recibió con una sonrisa pero me dio la impresión de que a su esposo no le era de su agrado tenerme cerca o mejor dicho tenerme cerca de su hija, era un padre sobreprotector.

—Es mi primera vez en una fiesta de estas, ni siquiera se cual es el protocolo correcto. —le susurré a Cornelia haciéndola reír. 

—Tranquilo con tal de que no tropieces o hagas algo indebido como ir a un lugar alejado con una dama, estarás bien. 

—Que fácil lo haces sonar. 

— ¡Lo es! —la música empezó a sonar. —Al parecer ya va a empezar el baile. 

—Usted baila señorita Cornelia —pregunte pícaro. 

—No, si quieres terminar con los dedos destrozados por mis tropiezos soy tu dama indicada. —adoraba cuando usaba su tono bromista. —La que baila es mi hermana.

— ¿Tu Hermana?

— ¡Cokkie! —exclamo una voz melodiosa detrás de nosotros, voltee a mirarla y supe que ya estaba perdido —Hermana ya va a empezar el baile ¡que emoción!

—Nunca entenderé tu emoción hacia tal acto Diana —respondió Cornelia con desgana, pero yo seguía embobado viéndola. 

Me hubiera enamorado perdidamente de Cornelia solamente si Diana no hubiera aparecido esa noche con aquella radiante sonrisa. 

—Tú amas tus libros y yo amo bailar. —ella por fin reparó en mí, sus ojos eran completamente diferentes a los de Cornelia. Mientras que los de Cokkie eran azules casi grises, los de Diana eran oscuros y seductores. —Oh, la lamento mi descortesía con usted señor…

—Perkins, Shawn Perkins. Un placer señorita. —verla por primera vez en aquella fiesta fue como encontrar una hermosa sirena naufragando. Sus ojos negros me seducían, su dulzura y carisma me atraían hacia ella. La miraba y mi corazón se aceleraba a tal punto que parecía a punto de salirse de mi pecho. Y como había dicho al principio, verla por primera vez supe que ya estaba perdido por ella. 

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